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Su postura clínica puede considerarse avanzada para la época en cuanto al concepto de enfermedad y terapéutica. Su negativa a utilizar los métodos tradicionales (purgas y sangrías), su celeridad por aplicar sin demora los tratamientos específicos siempre que ello fuera posible y, en especial, su rechazo a recetar la polifarmacia habitual, hicieron de él un médico prudente y poco común.
Pese a sus probados conocimientos sobre el pulso, en los grandes centros urbanos donde se desarrollaba la investigación médica sus pronósticos sólo constituían motivo de burla para otros colegas. Por fin, el doctor J. Nihell, médico de la colonia inglesa de Cádiz, lo reivindicó. Pronto este pronunciamiento favorable arrastró el del holandés Gerard Van Swieten y el apoyo de los franceses Bordeu y Lavirott. Llegó a convertirse en uno de los clínicos más importantes de Europa de su tiempo, como así lo reconocieron los miembros de la Escuela de Viena como Albrecht von Haller, Anton de Haen y Leopold Auenbrugger.1 La obra de Solano pone de relieve la importancia del pulso, que con el paso de los años resultará decisiva, en el diagnóstico de las enfermedades.
En España defendieron sus descubrimientos Benito Jerónimo Feijoo, Carlos José Gutiérrez de los Ríos y J.L. Roche, entre otros. Cádiz intentó captarlo, pero Solano rehusó salir de Antequera, donde acabó sus días, en 1738.
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